Fotos realizadas en Castejón, Navarra. No es una nave espacial; pero un día fue un vehículo innovador, que la desidia humana ha llevado a casi echar a perder. Publicado también en Substack.
Con la llegada de septiembre, mi vida se ha vuelto a complicar, y mi disponibilidad de tiempo ha disminuido considerablemente. Cuatro días hace que no publico nada en estas páginas, cuando antes publicaba 6 – 7 entradas a la semana. Pero vamos con un libro. De ciencia ficción. O más bien, de aventuras espaciales. Una novela corta, en idioma original, en inglés. El autor, Skyler Ramirez, estadounidense de apellido muy hispánico. Dice que vive en Tejas. No sé mucho más de él que lo que cuenta él de sí mismo en su página web. Probablemente, uno más de esos ingenieros que se deben aburrir y se ponen a escribir ciencia ficción. O más bien, aventuras espaciales.
En una galaxia muy muy cercana, en un futuro indeterminado con la especie humana extendida por la galaxia, un oficial de cierto rango de una flota imperial va camino de su nuevo destino. Ha caído en desgracia, y ha sido destinado al culo del mundo… o al culo de la galaxia, a un nave cochambrosa. Donde se meterá en líos por culpa de la segunda oficial, que está muy buena, aunque es muy arisca, por un suboficial con muy mala baba, y por unos misteriosos contrabandistas que le pondrán en un brete.
Por lo que entiendo, primera novela corta de una saga con los mismos protagonistas, el capitán tan y la oficial que está que cruje. Sinceramente, no tiene mucho de especial. Pretende llevar las cosas con una mezcla de humor/ironía… ¿parodia? (no sé si llega a tanto), y aventuras. Lo hemos visto en otras ocasiones, no aporta nada nuevo al género. Pero, eso sí, el ratito que te cuesta leerlo, no mucho, te entretienes. Y luego te olvidas. Por que ha pasado ya algo más de un mes desde que terminé de leerlo y yo no me acuerdo mucho de los detalles. En general sí… pero los detalles, ya no. Punto medio. O punto mediocre,… llevadero.
Fotografías realizadas en Olite con Canon EOS 3 y Kodacolor 100. Las cuestiones técnicas de las fotografías las encontraréis como de costumbre en Carlos en Plata.
Ya comente hace unos días mi breve viaje mañanero a Olite, en el que acompañé un ratito a unos amigos que querían visitar la ciudad navarra y su palacio real. Pero yo ya conocía el lugar y tenía más cosas que hacer. Así que me volví en el primer tren de vuelta disponible esa mañana, después de hacer unas cuantas fotografías.
Entre ellas, un rollo de película fotográfica para negativos en color que hice con una de mis cámaras fotográficas más potentes para ese medio. No están nada mal. Aunque iba un poco justo de sensibilidad para la luz que había a esas horas. Pero bien.
Fotografías realizadas en una galaxia muy, muy cercana… en mi última escapada por Escandinavia. Publicación disponible también en Substack.
Desde hace unos años, Lucasfilm Ltd, subsidiaria de The Walt Disney Studios, nos viene ofreciendo unas antologías de animación japonesa muy interesantes, de carácter conceptual, con relatos cortos que transcurren en el universo Star Wars. Hasta el momento llevan tres temporadas de nueve episodios cada una de Star Wars: Visions, y la verdad es que en las últimas dos décadas es de los pocos productos que me han interesado desde que Disney se hizo con la franquicia. En más de una ocasión he pensado que me gustaría saber más de algunas de esas historias, de algunos de esos personajes que han salido de la imaginación y la creatividad de los animadores nipones.
Pues bien, el deseo se ha hecho realidad. Tanto en la primera temporada de estas antologías, como en la tercera temporada, se emitieron episodios con la misma protagonista, una joven adolescente que conoceremos como la Novena Jedi. No sé si es la que más me gustó de las antologías, probablemente hay otras que me interesasen más. Pero está bien. Y entiendo que es un personaje bastante aprovechable. Especialmente si quieres mezclar las tradiciones del anime y de Star Wars. Una joven adolescente, hija de uno fabricante de espadas láser, que viaja por la galaxia con algunos jedis sin maestro en búsqueda de su padre.
Así que me dispuse a ver la serie con bastante ilusión. Y no empezó mál… hasta que me di cuenta que nuevamente me estaban contando la misma historia de siempre. La galaxia sin un poder central claro, la orden jedi desaparecida, un malvado con casco negro que quiere ser el amo absoluto, un arma superpoderosa que lanza un rayo que destruye planetas o incluso sistemas estelares enteros a su paso. Y un/una joven/adolescente que es la esperanza de la galaxia y de los pueblos libres. ¿A qué os suena? Sí. La misma historia de siempre, que han contado por lo menos tres veces.
La serie no es ninguna catástrofe, pero no ha generado excesiva ilusión. ¿Puede sorprender a alguien? Disney como un rey Midas a la inversa. Todo lo que toca, lo convierte en basura. Una pena. Porque, inicialmente, la cosa prometía. Por cierto, la animación de los labios acompaña mejor la versión en japonés que la inglesa. Así que esa es la que vi.
Estamos ante una película que vivimos un par de días antes de viajar a tierras nórdicas. Una película china, de la que no sabíamos muy bien qué esperar, pero con críticas bastante buenas, pero con una más que probable indiferencia del público occidental ante una película que no presenta especiales “alicientes comerciales”. Se nos decía que su director, Huo Meng, realizaba un ejercicio de reflexión nostálgica regresando a los tiempos de su infancia.
Película de reparto coral, aunque con los acontecimientos vistos desde la mirada de un niño de diez años. Una población rural, que vive del cultivo del cereal. Pobres. Que viven al ritmo de las estaciones y de los acontecimientos vitales. La siembra, la siega, la trilla… Cumpleaños, funerales, bodas… Los niños en el colegio… Las familias, extensas, como red de protección de los individuos. Pero es el momento en que se impulsa el desarrollo industrial del país, y los padres del niño se van a una gran ciudad a trabajar, mientras sus parientes atienden al niño. Es la época de las nefastas políticas de limitación de la natalidad, que dio lugar a tanto infanticidio, especialmente en niñas, o abandono de bebés, algunas de ellas acabaron adoptadas por matrimonios occidentales sin hijos.
Yo no tengo pueblo. Nací en la ciudad de Zaragoza, la quinta más poblada de España, y mis padres también son nacidos en la misma ciudad. Tengo que remontarme a los abuelos para que “tener” pueblo. Y de vez en cuando visitábamos a los tíos y tías de mis padres, en Magallón, en Nuez de Ebro, en Préjano y Arnedo, los hermanos y hermanas de mis abuelos y abuelas, a los que mis padres tenían mucho cariño, el cual era recíproco. Y cuando recuerdo mi infancia más tierna y cómo se vivía allí, a finales de los años 60 o principios de los 70, ya vivían con un nivel de vida superior a los de esta población rural china de la película. Probablemente habría que remontarse a los años 50, desconocidos por completo para mí, para situarnos en un nivel semejante. La cuestión es que el año en el que se sitúa la acción de la película es 1991. Treinta o cuarenta años más tarde de aquellos años 50 o principios de los 60 en España. Lo cual, da que pensar sobre el gigante asiático.
La película ha crecido en mi recuerdo desde que la vimos. Es hermosa en su realización. Las interpretaciones, muy espontáneas, tienen momentos de gran autenticidad. Es cierto que es un ejercicio nostálgico. Un “amarcord” de su director, aunque sin el humor y el surrealismo de Fellini. Algunos personajes son entrañables. Como algunos de los abuelos. O la tía joven de 21 años que acaba casada en un matrimonio pactado con un individuo con quien, evidentemente, no va a ser feliz. Por lo tanto, también es una película con corazón.
¿Es recomendable? No es una película al uso de lo que se lleva en estos tiempos. Creo que no ha aguantado mucho en cartelera. ¿Una semana? Y sin embargo, merece la pena. Bastante. Es comprensible el entusiasmo de la crítica. Pero también la indiferencia del público. Al menos el occidental. ¿A quién puede resonar una realidad de 1991 tan diferente de nuestro mundo? Sólo a los curiosos de la naturaleza humana y de comprender mejor otras culturas y otros fenómenos sociales.
Fotografías realizadas con Fujifilm X100VI y Panasonic Lumix G9 II durante el viaje. Las cuestiones técnicas relacionadas con las fotografías las encontraréis en Carlos en Plata.
No es la primera vez que hago un viaje similar. A este u otros destinos. Y es posible que haga alguno más con el tiempo. Una de mis amistades tiene un viaje de trabajo a un lugar interesante o agradable, y me invita a acompañarle en un trato que nos beneficia razonablemente en los financiero a ambos y nos permite relajarnos durante unos días. Aunque sean pocos. Una escapadilla. El caso es que las orillas del Øresund, uno de los Estrechos Daneses que comunican el Báltico con el mar del Norte a través, también, de los estrechos de Kattegat y Skagerrak.
En esta ocasión, tras volar a al aeropuerto de Copenhague-Kastrup, nos alojamos en Malmo. Asevera esta amistad mía que compensa las diferencias de precio en los hoteles entre esta ciudad sueca y la capital danesa con el gasto del desplazamiento en los trenes que comunican ambas orillas del Øresund. No lo tengo claro, del todo. Por ahí irá la cosa. Pero sé que es ella la que organiza y principal interesada, y que Malmo es una ciudad muy agradable. La tarde en que llegamos, con tres horas de luz y día soleado, vino bien para dar un amplio paseo por la ciudad.
Al día siguiente, esta persona tenía unas reuniones de trabajo, con comida incluida, en Copenhague. Yo lo dediqué a recorrer, de nuevo, porque ya estoy familiarizado con ella, una llamativa parte de la capital danesa. Con una dosis de lluvia que hubiera preferido que no hubiese, pero que tampoco me impidió hacer el paseo que tenía pensado.
Hacia las tres de la tarde, en la estación de Nørreport nos volvimos a reunir y cogimos un tren en dirección al Museo de arte moderno Louisiana en Humlebæk. Tampoco es un lugar nuevo para nosotros. Pero es uno de los museos que conocemos que más nos gusta. A orillas del Kattegat, con amplios jardines y vistas al mar y una serie de salas de exposición en distintos edificios e inclusos en galerías subterráneas que va por debajo de los jardines. Y cada vez que vas es distinto por que hay distintas exposiciones, en esta ocasión Sophie Calle y Lucian Freud, e incluso las obras expuestas de la colección permanente van variando. Salvo las de Giacometti, que allí están siempre.
Al día siguiente nos aventuramos a ir hasta Karlskrona. Habíamos leído que allí había un elemento declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco. Se trata de la base naval del siglo XVII, de las mejor conservadas de la época y sobre la que se construyó la ciudad. El problema con el que nos encontramos es que tan bien conservada está que todavía está en uso por las fuerzas armadas suecas. Y a los militares no les gustan los turistas haciendo fotos en sus bases. Por lo que sólo se puede apreciar una parte de lo que incluye el patrimonio de la humanidad. Aun así, la ciudad está bien y es una visita agradable. Coincidimos con la fiesta del orgullo gay, además, y estaba muy animada.
Finalmente, el último día, con un tiempo regular, visitamos la ciudad de Landskrona, próxima a Malmo. Sí. Un nombre parecido a la anterior. Pero es la anterior la que adquirió un nombre inspirado en esta del último día antes de volver. Tiene una importante ciudadela fortaleza, y aun otras fortificaciones en una isla próxima. Que no visitamos porque el tiempo es malo. Y actualmente, buena parte de esa otra isla es reserva natural de aves y no se puede acceder.
Por la tarde aun nos dio tiempo de visitar la reconstruida fortaleza vikinga de madera en el lugar arqueológico de Trelleborg. Aunque esperábamos más de esta ciudad. No obstante, como el tiempo seguía inseguro, volvimos pronto a Malmo, a cenar pronto y dar por cerrada la parte turística de este corto viaje.
Desde que Spielberg rescató a los dinosaurios cinematográficos, caídos en el olvido desde los tiempos en los que coincidían con esculturales rubias en bikini de piel (como aquí y aquí) en la gran pantalla, se han vuelto un elemento casi cotidiano de las carteleras de cine. No voy a decir que constantemente haya películas de dinosaurios, pero casi todos los años hay algo sobre este tema.
Reconozco que aquellas películas de los años 60 y muchos eran enternecedoras en su cutredad, hippismo y anacronismo. Grandes dinosaurios herbívoros devorando cavernícolas, o situar la época de los dinosaurios en “hace un millon de años”, con un error de -65 millones de años, al menos. Y mira que de la mano de un ex-Beatle llegó a haber una parodia de aquellas, una década más tarde, más infumable que las películas parodiadas. Lo cual no deja de ser hilarante y triste al mismo tiempo.
Pero ya con Spielberg, la cosa era serie. Se hablaba del ADN de la sangre de los dinosaurios en los mosquitos del ámbar. Y de las ranas hermafroditas. Todo muy “científico”. Y al mismo tiempo, una reiteración ad nauseam de la misma historia y de situaciones similares. Y mira que aquella primera de 1993 me pareció muy divertida. Ahora nos llega un vuelta de tuerca con dinosaurios a un vecindario de los suburbios de una ciudad ficticia en Michigan.
Su director, David Robert Mitchell, nos traslada a principios de los años 80, y le da a la película el espíritu aventurero de aquellos años. Aventura familiar, no muy larga de duración porque la historia son habas contadas, con una familia típica y tópica de norteamericana, papá que trabaja (Ewan McGregor), mamá ama de casa (Anne Hathaway), hija mayor adolescente (Maisy Stella) e hijo menor preadolescente (Christian Convery). Y los vecinos, unos más simpáticos y otros menos. Pero la idílica familia tiene problemas, serios, y… sólo un fenómeno extraño con agujeros de gusano que los lleven al jurásico con los dinosaurios podrá servir de revulsivo para que la familia vuelva a estar unida y feliz. Básicamente. Cómo no se les habrá ocurrido a las parejas a punto de divorciarse esta solución para salvar su matrimonio.
La película es muy entretenida. El guion… bueno,… la historia es tan absurda en tantas ocasiones, tan sin sentido, que no merece la pena preocuparse de ellos. Es una mera excusa para pasar noventa y algún minutos de correrías entre dinosaurios, con algunos momentos, eso sí, que rozan la brillantez, entre el humor, la parodia y el drama. Creo que el momento principal del personaje de Ewan McGregor que nos lleva de la carcajada generaliza a… bueno, no lo voy a destripar, es de lo más divertido y extraño que he vivido en tiempos en el cine. Pero lejos de ser un “salto del tiburón” que te saque de la película, es el clímax de lo que es y pretende ser la película. Un entretenimiento para todo el mundo.
Un entretenimiento de lujo. Porque normalmente no me hubiera yo visto yendo a ver esta película, salvo por el hecho de que me lo sugirieron una semana antes, porque se estrenaba en la sala IMAX de Zaragoza en versión original. Y tras la agradable experiencia de Ulises y compañía, queríamos confirmar que esta alternativa cinematográfica merecía la pena. Y ciertamente, la calidad en la realización, la acertada puesta en escena visual y sonora, el acertado ritmo de la acción y el no menos acertado hecho de su contenida duración, hace que la película, sin ser una obra de arte, sea un entretenimiento muy recomendable. Sin más pretensiones. Pero tan legítimo como cualquier otro producto cinematográfico que nos devuelva las sensaciones de lo que se supone que debe ser el cine. Puntos especiales para los intérpretes, especial para Hathaway, que consolida la película, permitiendo superar sus debilidades, las de la película no las de Hathaway, que las tiene y no pocas.
Fotografías realizadas con Makina Plaubel 67 y Kodak Gold 200. Los datos técnicos de las fotografías los encontraréis en Carlos en Plata.
Segunda parte de la escapada ferroviaria, madrugando en las primeras horas de la mañana de un sábado de verano, en la línea ferroviaria de Zaragoza a Castejón (Navarra), apeándonos en la estación de Luceni.
Ya comenté que las fotografías las realicé con dos rollos de película con distintas emulsiones. La primera, con menos luz, apenas recién salido el sol, más sensible que ya mostré hace unos días, y la otra las de hoy, más saturadas y contrastadas. Mirad a ver cuales os gustan más.
Fotografías de La Haya, realizadas hace ya más de una década; en la Semana Santa de 2010, si mal no recuerdo. Publicación disponible también en Substack.
Leí en su momento un libro de Katie Kitamura, que me intrigó. Hace más o menos un año. Me dejó unas sensaciones, inicialmente contradictorias, pero poco a poco fue creciendo en mi memoria, y en esos momentos lo considero bastante bien. Norteamericana de padres de origen japonés, es una escritora de la que cada vez oigo hablar más, por lo menos en ámbito específicos. Escribe en inglés, claro esta, y este libro lo he leído en su idioma original.
Kitamura nos lleva en su novela a acompañar a una intérprete profesional, capaz de traducir varias lenguas, estadounidense, de origen mixto con uno de sus progenitores japonés, que acepta un trabajo en lo que tiene toda la pinta de ser la Corte Penal Internacional, aunque la menciona con otro nombre. Pero bueno… En La Haya, en Scheveninge, y tal y cual… pues eso, verde y con hojas. Tiene un contrato temporal y eso le causa cierta incertidumbre. Hace una amiga que un día presencia una agresión, y la protagonista conoce al agredido, y eso le causa cierta incertidumbre. Liga con un hombre que está en proceso de separación, con hijos, y no sabe qué sentimientos alberga este hombre hacia su ex, y eso le causa cierta incertidumbre. Y tiene que participar como intérprete en el proceso contra un peligroso señor de la guerra africano, muy violento, que le hace cuestionarse muchas cosas, y eso le causa cierta incertidumbre.
La novela trata de muchos temas. Sobre las relaciones, tanto las amistades como las románticas o las sociales en general. Sobre la violencia, a nivel micro, próximo, o a nivel macro, a gran escala en el mundo. En general, es una reflexión centrada en una persona de la que no sabemos cosas, yo la supongo en sus treinta y tantos, quizá cerca de los cuarenta, que vive su vida con incertidumbre. Con pocos valores sólidos.
Al igual que me paso con la primera novela de la autora, es un libro que crece con el tiempo. Aunque es muy distinto. En aquel había una pluralidad de universos que modificaban constantemente la naturaleza de las relaciones entre las personas. Y eso nos generaba incertidumbres. Aquí la incertidumbre surge de la propia naturaleza del mundo en el que vivimos. Y la forma en que los sucesos, desde los más pequeños hasta los más globales afectan a nuestra intimidad y a nuestro seguridad/inseguridad en el mundo en el que vivimos. Entiendo que sea una autora de la que cada vez oigo hablar más.