A mí esta película, sinceramente, no me interesaba gran cosa. Pero antes de ir a ello, vamos a sus antecedentes. The Backrooms (literalmente cuarto trasero o trastienda, según el contexto) es un laberinto de espacios vacíos o cuasivacíos, eso que ahora se llaman espacios liminales, que surgió en internet, como escenario para historias de terror urbano. Un laberinto de espacios fuera de la realidad propensos a historias de terror, especialmente del género conocido como found footage, y que podemos aderezar con monstruos, realidades alternativas o conspiranoias. Lo que queráis.
En 2022, el director de la película Kane Parsons, empezó a realizar un serie en internet, en Youtube, en la que un camarógrafo deambulaba por estos espacios. Y le pasarían cosas, supongo. No la he visto. Ni tengo muchas ganas. Pero debió de tener su éxito, y decidió realizar un largometraje basado en el mismo universo.
Como protagonista el dueño de una tienda de muebles (Chiwetel Ejiofor), con problemas comerciales, familiares y personales, que acude a una terapeuta (Renate Reinsve), y que tiene una empleada (Lukita Maxwell) con un novio que le filma los anuncios de la tienda (Finn Bennett). Un día, el tipo descubre que puede atravesar una pared de la tienda y meterse en un laberinto extraño de pasillos y despachos donde pasan cosas raras y hay gente más rara todavía. Todos acabarán entrando antes o después en esta extraña trastienda.
Sinceramente, este tipo de historias no me dicen nada o casi nada. De hecho, más allá de explotar la moda surgida en internet, la cosa no viene de ninguna parte ni va a ninguna parte. Hay un elemento conspiranoico. Hay un posible monstruo. Hay cosas que no se explican, pero que sinceramente tampoco me quedo intrigado por su explicación. Un producto de moda que no va a ninguna parte. Con unos intérpretes que hacen lo que pueden para sujetar una historia de difícil sujeción. Y abusando de vez en cuando de eso del found footage, que se puso de moda en el género de terror en un momento dado, aunque no era algo realmente original. El caso es que ni siquiera da miedo. Si acaso, los comportamientos de esta gente hace que parezcan tontos. Así que te da todo igual lo que les pase. Es lo que hay.
Fotografías del eclipse realizadas el 12 de agosto de 2026 con diversas cámaras digitales, convertidas a blanco y negro con el fin de ser impresas sobre película Instax Square Monochrome. Entrada disponible también en versión Substack.
Hoy, 19 de agosto, es el Día Mundial de la Fotografía. No tengo ni idea de quien decide cuándo es un “día mundial” o un “día internacional”. Sé que la ONU tiene “días mundiales” reconocidos formalmente. Pero como cada vez oímos más… Casi todos los días es el “día mundial” de algo.
En cualquier caso, el día mundial es el 19 de agosto porque fue la fecha, en 1839, cuando el gobierno francés decidió poner la patente del daguerrotipo, primer proceso comercialmente viable de fotografía, en el dominio público, sin necesidad de pagar derechos o solicitar permisos para utilizarlo. Lo cual, me parece bien. Aunque el proceso no debería llevar el nombre de Daguerre, que fue un espabilado que se apropió del mérito de otros investigadores. En cualquier caso, feliz Día Mundial de la Fotografía.
Fotografías realizadas con Makina Plaubel 67 y Kodak Gold 200. Los datos técnicos de las fotografías los encontraréis en Carlos en Plata.
Una nueva escapada ferroviaria madrugando en las primeras horas de la mañana de los sábados de verano en la línea ferroviaria de Zaragoza a Castejón (Navarra). En esta ocasión nos apeamos en la estación de Luceni. Y por allí encontramos algún rincón curioso.
Esta mañana se dividirá en dos entradas, porque las fotografías las realicé con dos rollos de película con distintas emulsiones. La primera, con menos luz, apenas recién salido el sol, más sensible que las que mostraré dentro de unos días que, a cambio, será más saturada y contrastada.
Fotografías realizadas en la comarca de Kibiji, próxima a Okayama. Un hermoso entorno rural típico de Japón con algunos lugares interesantes para visitar. Entrada disponible también en Substack.
Pillé este libro en formato electrónico en una oferta de mi tienda habitual de libros electrónicos de estas que durante 24 horas los libros están a precio ridículo en este formato. Y lo pillé por inercia, porque sonaba a ese género de novelas japonesas, también he leído alguna surcoreana, que en realidad son episodios en un determinado entorno con un tono en general buenrollista.
Escrito por Masateru Konishi, tenemos a nuestra protagonista, una mujer joven, profesora, aficionada desde niña a las novelas de crimen y misterio, que visita con frecuencia a su abuelo, antiguo profesor también que padece demencia con cuerpos de Lewy. Lo cual le permite tener cierta lucidez en ciertos momentos, aunque también alucinaciones y otros síntomas de la enfermedad. La cuestión es que junto con su abuelo comienza a resolver misterios que le plantean su amigos y compañeros. Hasta que finalmente se ven obligados a resolver un inquietante caso que les afecta o amenaza a ellos mismos.
Dejando de lado los aspectos clínicos de la enfermedad del abuelo que, si nos pusiéramos estrictos haría inverosímil la lucidez que muestra para la resolución de los casos, por el deterioro cognitivo inherente a la misma, la novela es la enésima vuelta al mismo concepto de relatos cortos entrelazados dentro de una historia general de relaciones humanas, entre personas en general generosas y con buen rollo. Lectura optimista, quizá para una sociedad demasiado desencantada.
No está mal, pero tampoco es como para que te deje un poso permanente. Un entretenimiento que cumple con la tarea de pasar el rato con una narración digna y agradable. Sin más. Ni menos.
Fotografías realizadas con Fujifilm GFX 50R, Fujinon GF 80 mm y lente de aproximación NiSi 77 mm. El detalle técnico de las fotografías lo podéis encontrar en Carlos en Plata. Entrada disponible también en Substack.
Cuando salgo a caminar unos cuantos kilómetros los días festivos, me gusta llevar objetivos fotográficos polivalentes. Que lo mismo pueda hacer un retrato de quien me acompaña, o realizar un paisaje urbano o natural, o fijarme en un detalle de la escena que se abre delante de mí, o acercarme a una planta o un pequeño animal para fotografía de aproximación.
Como no siempre es práctico llevar objetivos destinados a la macrofotografía, me gusta combinar los objetivos de focal estándar con accesorios como los tubos de extensión o las lentes de aproximación para cuando quiero acercarme a los pequeño objetos. Recientemente he adquirido una nueva lente de aproximación, de calidad, y estuve probándola ayer en el Parque Grande de Zaragoza. Estaba nublado, lo cual no le viene mal a los motivos que fui eligiendo.
No perderé mucho tiempo con esto. O quizá sí. Ya veré. Veréis. En el verano de 1990 se estrenó en España The Hunt for Red October, adaptación de la novela homónima de Tom Clancy. Y lo petó. Una de las películas bélicas, de submarinos, de aventuras, de espías,… de cualquier género que se os ocurra, porque es todos esos y quizá alguno más, más divertidas y entretenidas que se han visto, con un Sean Connery carismático, que llenaba la pantalla como pocos actores lo han hecho en la historia del cine. Después, la he visto varias veces, no recuerdo cuántas, en la pantalla pequeña.
Pues bien… luego nos enteramos que el protagonista de la novela no era Marko Ramius (Connery), sino el analista de la C. I. A. Jack Ryan (Alec Baldwin). Que era un papel que salía mucho, el que más puede, pero que no sabía a protagonista, sino a secundario con muchísima presencia. Pero parece que no era así. Parece que Ryan era el protagonista… de alguna forma. De hecho, dos años después se estrenaba una nueva película, Patriot Games, con el mismo personaje, pero interpretado por Harrison Ford. También fuimos a verla. Pero no salía Ramius/Connery… e interesó más bien poco. A mí, casi nada. Sorprendentemente, después ha habido unas cuantas películas más con el personaje, que he ignorado por completo, e incluso una teleserie con varias temporadas. Desconocida para mí.
El lunes, un tanto aburrido, comprobé que hay una película de estreno de este año, directamente en plataforma, sobre el personaje. Y como no tenía nada previsto para el rato de la cena y hasta la hora de irme a dormir, la vi. No merece la pena que pierda el tiempo con el argumento. Los espías buenos, los espías malos, unas cuanta balaceras, unas cuantas persecuciones en coche, escenarios por varios países, muchas caravanas de coches todos iguales yendo de una lado para otro y, al final, ganan los buenos, tras un tiroteo final bastante inverosímil.
Lo más curioso del caso es la degradación del personaje, Jack Ryan. En la película del submarino dejaban muy claro que era un analista, un tipo que trabaja en un escritorio, y si lo mandan al campo es porque necesitan su capacidad para dialogar con Ramius. No porque vaya a salvar la situación a tiros. En realidad fueron torpedos. Y eso hacía que fuera un personaje que tenía sentido, en una historia que globalmente tenía cierto sentido. Aquí nos encontramos a un tipo que lo que hace es liarse a tiros, con una mínima materia gris, aunque hayan pretendido, en alguna escena, hacerlo pasar por listo. El actor, John Krasinski, creo que es el mismo que el de la serie. Y sale por ahí Sienna Millerpegando tiros, muy rubia ella.
La película no tiene que ver nada con aquellas de hace 35 años. Si aquello era un buen entrecot bien hecho y degustado, esto tiene la sutileza de una hamburguesa de MacDonalds socarrada. Aunque he de reconocer que puede cumplir con el propósito de matar el rato desde la cena hasta la hora de dormir, y luego olvidarnos totalmente de ella. Ah… la dirige un tal Andrew Bernstein quien, curiosamente, como director en teleseries ha trabajado en algunas muy buenas. Pero claro, en las teleserie, el director tiene una función secundaria. Digna y respetable, pero secundaria. Hace lo que le mandan.
Fotografías digitales del eclipse total sobre Zaragoza el 12 de agosto de 2026. Normalmente, en el Cuaderno de ruta sólo publico las fotos y un breve texto sobre las mismas. Pero para no romper la narración, traslado íntegro el texto publicado en Carlos en Plata con los aspectos técnicos de la realización de las mismas.
Este verano, de calores inclementes, muchos lo recordaremos como el verano del eclipse total de sol. Incluso puede que algunos recuerden el año 2026 como el año del eclipse. Y es que un eclipse total de sol, en tu ciudad, en tu casa, es algo que no pasa todos los días. Es algo que pasa en raras ocasiones. Yo ya había tenido la ocasión de contemplar algún eclipse parcial. Incluso hice un intento, fallido, muy mal planificado, de fotografiar uno. No es que no hiciese la foto. Es que la foto fue un burruño.
Preparando el equipo, con las gafas de protección, de obligado uso para proteger la retina.
Pero en esta ocasión, el fracaso no era una opción. O sí. Porque un elemento fundamental cuando contemplas un fenómeno como este es disfrutarlo; porque son muy bellos. Son fenomenales. Pero yo quería tener unas fotos dignas del evento. Y lo empecé a planear, aunque con poco rumbo, a principio de año. Afortunadamente, el taller que organizó ASAFONA Asociación aragonesa de fotografía de naturaleza, en primavera, enderezó y aclaró considerablemente ese rumbo. Así que ahí vino la compra de algún accesorio, y comenzar a ensayar y hacer comprobaciones.
La Lumix G9 Mark II y el Leica 100-400 mm con el filtro de Mylar.
Hay muchas fotos o posibilidades de hacer fotos en un eclipse. Pero salvo que seas un equipo de gente, es un error intentar abarcarlas todas. Yo sólo abrí dos frentes, y a punto estuvo de costarme caro. Pero, resumiendo mucho, o te orientas al lado estético, artístico si quieres, y te enfocas en el paisaje con el sol eclipsado, o te orientas al lado científico, e intentas conseguir la imagen de esos elementos solares que siempre están ahí, pero no los vemos, las manchas solares, las protuberancias solares, y la corona solar. Como soy un chico de ciencias, decidí priorizar esto.
Fase de parcialidad, en la que podemos observar algunas de las manchas solares sobre la superficie solar.
No obstante, dispuse una cámara, la Fujifilm GFX 50R con el GF 35-70 mm f4.5-5.6 sobre un trípode para, en la medida de lo posible, intentar obtener un paisaje con el sol eclipsado. Si era posible. La posibilidad se hizo más patente cuando mi sobrino Diego aceptó mi invitación a presenciar el eclipse conmigo. Yo prepararía la cámara y el encuadre, él pulsaría el botón del disparador. Y a confiar en que los parámetros previstos fueran los correctos. Como podréis comprobar, lo fueron. Este tipo de foto se puede hacer más compleja con exposiciones múltiples y esas cosas. Pero ya digo que hay que priorizar y centrarse en lo que realmente interese.
Este fue el momento en el que me tenía que acordar de quitar el filtro solar de Mylar
Y lo que me interesaba era lo otro. El primer plano del sol eclipsado. Como cámara, la Panasonic Lumix G9 Mark II con mi teleobjetivo más potente, el Leica DG Vario-Elmar 100-400 mm f4-5.6. Con un equivalente a un 800 mm en fotograma completo en el extremo más largo, era mi mejor oportunidad. Además la cámara es rápida y capaz. Como complemento indispensable, un filtro solar de mylar, un poliéster biorientado que sólo deja pasar una minúscula parte del espectro visible y bloquea por completo el ultravioleta y el infrarrojo. Y tres configuraciones personalizadas en la cámara con los datos de exposición adecuados para C1, la fase de parcialidad, C2, el inicio y el final de la totalidad, C3, la totalidad.
Mientras tanto, con la colaboración de Diego, pude hacer el paisaje con el sol eclipsado, sobre el Parque Grande de Zaragoza.
C1, la parcialidad es la más sencilla, el principal problema es enfocar correctamente, pero si lo consigues, es lo mejor para incluir las manchas solares en la fotografía. Mi filtro ofrece una dominante cálida, anaranjada, que me complace. C2, el inicio y el final de la totalidad es lo más complicada, porque transcurre en segundos, y nos sirve para contemplar las perlas de Baily, debidas a las irregularidades de la superficie lunar (montes, cráteres, valles) y las llamaradas de las protuberancias solares. C3, es la totalidad absoluta, en este caso de apenas 1’ 40”, en la que intentaremos obtener una buena imagen de la corona solar. Y quizá también las protuberancias solares más llamativas.
Cuando conseguí rehacerme, la luna empezaba dejar ver algunos de sus relieves, se veían varias protuberancias sociales, pero la cantidad de luz ya no favorecía la contemplación de la corona solar.
Todo fue bien……… ¡mentira! Olvidé quitar el filtro solar en el momento de llegar a la totalidad, y perdí un minuto sin saber porqué todo estaba negro en el visor y no veía el sol. Cuando me di cuenta tuve 30 segundos para recomponerme, maravillarme del paisaje que tenía ante mis ojos, y lanzar una ráfaga de fotos que que abarcaban el final de la totalidad y que salvaron la papeleta. Como colofón, unos minutos más tarde el sol, parcialmente eclipsado, ya sin el filtro, ocultándose detrás de los edificios del horizonte.
Un par de segundos después, el llamado “anillo de diamante”, que significa que la fase de totalidad ha terminado y comienza la fase de parcialidad final.
Al llegar a casa llevaba unos nervios horribles. No sabía qué tenía y qué no tenía. Me fui a dormir, dormí mal. Me fui a trabajar. Y al día siguiente por la tarde, ayer jueves, comprobé que me faltaba un minuto y medio fundamental del eclipse, pero que tenía varias fotos que me salvaban la experiencia. Además de la sensación de maravilla al contemplar el paisaje con el sol eclipsado mientras intentaba recomponerme de la posible catástrofe.
Ya sin filtro, aproximándose al horizonte, el sol se oculta tras las edificios del fondo, todavía eclipsado en gran parte.
Fotografías realizadas en Madrid, que es donde pasan las cosas en la serie de hoy. Entrada disponible también en Substack.
Pues esto no va a ser muy largo. Y que quede claro desde el principio. No tenía muchas expectativas puestas en esta serie, pero fue el último trabajo de Eusebio Poncela, actor de referencia en el cine, el teatro y la televisión española, de lo mejor que ha habido en las últimas cinco décadas… Y había que darle un homenaje.
El homenaje, precisamente es el título de la serie. El homenaje a un patriarca empresarial, que ha circulado por la vida con mucha ambición y pocos escrúpulos, y que organiza un sarao por su 80 cumpleaños, del que no saldrá vivo, ni él ni varios de sus familiares y colaboradores. Y no. No estoy destripando nada, porque es algo que sabemos desde los primeros minutos de los ocho episodios de menos de 40 minutos de duración, y la historia del homenajeado y su familia se nos cuenta en flashbacks, en conversación entre un detective privado y el biógrafo del homenajeado.
De la serie comenté brevemente el otro día, porque tiene una claq activa que puntúa alto en IMDb, dándole dieces, mientras que la gente normal configura una curva acampanada típica en estadística en torno tal 6 y el 7, y que da un promedio, a pesar de los votos manifiestamente sesgados del 6.4. Y alguna vez ya he dicho que por debajo del 7, salvo excepciones en las que crítica y público disienten, son producciones mediocres. No es tan mediocre como pensaba. Es manifiestamente mejorable, el guion podría estar más pulido, pero entretiene. Y después de todo, en su reparto hay algunos intérpretes, además de Poncela, que tienen sus tablas.
Está en Amazon Prime Video, y allá cada cual si quiere o no quiere verla, yo lo hice por los buenos recuerdos que me deja Eusebio Poncela, y que esta serie no enturbia en absoluto, porque son mucho más importantes. Pero las producciones de televisión españolas necesitan algún tipo de revulsivo que mejore sus guiones, y la dirección de actores, como el comer. No diré más.
Pentax LX con película Adox HR-50 a través de un filtro rojo. El comentario técnico sobre las fotos de hoy lo podéis encontrar, como es habitual, en Carlos en Plata.
Sinceramente, desde hace ya un tiempo hago bastante más fotos con película para negativos en color que con película para negativos en blanco y negro. Lo de la diapositiva ni me lo planteo porque la última vez que vi los precios estuve a punto de acabar en la UCI de coronarias. ¡Qué disparate!
Pero algo que me gusta hacer de vez en cuando en verano es trastear con la película que tiene sensibilidad extendida al infrarrojo aunque sea un poquito. Ese aspectos especial que tiene el paisaje, con el follaje de las plantas de un blanco a veces casi como la nieve.
El uso de un filtro rojo no produce el mismo efecto que el de uno que sólo deja pasar el infrarrojo. Pero puede ser muy interesante. Sin embargo, no acabo de cogerle el tranquillo. No acabo de estar satisfecho. Tendré que seguir insistiendo.
Fotografías realizadas en Glasgow que, aparte de Londres, es la única ciudad de las que aparecen en la novela que he visitado. También disponible en versión Substack.
Hace unas semanas vi en Youtube un interesante documental sobre las realidades de la llamada batalla del Atlántico durante la Segunda Guerra Mundial. Dicha batalla, que duró años, entre 1939 y 1944, aunque algunos dicen que hasta el final de la guerra, fue la pugna de los alemanes por bloquear la afluencia de materias primas y equipamiento militar al Reino Unido mediante el hundimiento de los mercantes que los transportaban. Fundamentalmente mediante el uso de submarinos, ya que el uso de barcos de superficie, que tuvo su impacto mediático en las primeras fases de la guerra, tras el hundimiento de alguno de sus buques más significativos se redujo mucho. Y fue una batalla dura, porque hubo momentos en los que el porcentaje de mercantes hundidos con su tripulación en las gélidas y tormentosas aguas del Atlántico norte fue muy importante.
Recordemos que por la geometría cuasiesférica de la superficie terrestre, la ruta que un avión o un barco lleva entre Europa y Norteamérica no es paralela a los paralelos convencionales de la latitud en las coordenadas geográficas. La ruta más corta es una ruta que sigue la línea del círculo máximo que une los puertos/aeropuertos de salida y llegada… aproximadamente, porque hay otros elementos a considerar. Por lo tanto, los buques navegaban inicialmente hacia el norte-noroeste, e iban modificando el rumbo hacia oeste-noroeste, y hacia el oeste, antes de empezar a hacer una ruta oeste-suroeste y sur-suroeste al llegar a destino. Más o menos. Y por lo tanto, el punto medio de la ruta estaba considerablemente al norte en el Atlántico, lugar frío y borrascoso. Ahí es donde se producían los hundimientos, con gran mortandad en tripulaciones, bien por las explosiones e incendios tras el impacto de los torpedos, bien por la hipotermia que sufrían los náufragos en las frías aguas del océano. Una barbaridad como muchas otras de los que se cometen en las guerras.
El documental recomendaba la lectura de este libro de Nicholas Monsarrat, periodista y escritor británico que, durante la guerra, sirvió en las corbetas, pequeños buques antisubmarinos, simples, de fabricación rápida y barata, que junto con otros algo más grandes y algunos destructores fueron las escoltas antisubmarinos de los convoyes de mercantes. El libro narra las aventuras y desventuras de dos de estos barcos, una corbeta y una fragata, algo más grande y compleja. Pero no sólo narra las dificultades de los viajes, las tormentas, el frío y la humedad, las incomodidades de unos barcos hechos deprisa y sin muchos miramientos, y los temidos y temibles encuentros con el enemigo. También los periodos en tierra, las desventuras y las pequeñas alegrías, los marinos afectados por el estrés bélico, amores y desamores, los que pierden la vida en los bombardeos sobre las ciudades portuarias e industriales, y lo que se os ocurra.
La historia, ficticia, pero inspirada en hechos reales, tiene dos protagonistas principales, el capitán de la corbeta, luego de la fragata, y el primer oficial de la corbeta, luego de la fraga, porque prefiere seguir al anterior a mandar su propio barco. Se supone que el personaje del primer oficial sería el alter ego del propio escritor. Pero hay otros personajes sobre quienes aprenderemos entre la oficialidad y la marinería de los barcos.
El libro es eficaz en su narración. Aunque relativamente largo, sus capítulos están agrupados en siete parte, una por cada año de guerra (1939, 1940, 1941,…, 1945), la narración es directa, económica, efectiva. Va al grano de las realidades que quiere describir y que quiere narrar. Y por lo tanto, se siente auténtica. No hay heroicidades. Hay éxitos y fracasos de gente común que en circunstancias normales nunca hubieran estado en estas vicisitudes. Hubieran comandados mercantes o trasatlánticos, hubieran sido mecánicos, abogados, comerciales, periodistas, oficinistas, agricultores,… apenas aparecen militares profesionales. Salvo el capitán que lo es en la reserva cuando empieza el conflicto, todos son alistados para el esfuerzo bélico.
Inspiró una película, del mismo título y que esencialmente cuenta la misma historia, aunque endulza alguna cosita, pocas. Y está muy bien valorada también por su factura y realismo. Para los años 50, la época en la que se rodó. La vi al final el libro. Y no está mal. Pero carece de la profundidad que tiene el libro. Que si te interesa la historia, está muy bien. Siendo ficción, no siendo un ensayo, sientes que conoces mejor la letra pequeña de la historia, la que no se cuenta, que lo que te puedan decir las estadísticas y los hechos con fechas y lugares acaecidos.
La película aparece como producción británica, así que acompaño con fotografías realizadas en Londres… pero con una estética que nada tiene que ver con el filme. Entrada disponible también en versión Substack.
Vaya que no tenía nada claro lo de ir a ver esta película. Había visto muy poquita cosa de su director, David Lowery, y no era especialmente inspirador. Y aunque la presencia de Anne Hathaway como protagonista, actriz omnipresente en estos momentos, pareciera atractiva, había muchas cosas que no acababan de convencerme a priori.
Lowery nos cuenta la catarsis de una cantante pop, Mother Mary (Hathaway), retirada de los escenarios un tiempo, cuando vuelve a los mismos, en compañía de su modista (Michaela Coel), con quien tuvo una relación en el pasado que acabó de mala forma. La cantante suele vestir escenificando personajes extraídos de la iconografía cristiana, especialmente del santoral católico. Y necesita un nuevo vestido para su regreso.
Lowery decide que, en lugar de contar una historia atractiva, con dos personajes que interesen al público de alguna forma, nos va a enseñar lo capaz que es de filmar con un esteticismo subido en el que el fondo se va a tomar por el saco y lo único que queda es una forma vacía y, personalmente creo, no demasiado interesante ni novedosa. Una mezcla de reencuentro catártico, con tonos pretendidamente románticos, con un trasfondo preternatural, con espíritus o fantasmas que, sinceramente, no sé muy bien de qué son metáfora. O más bien sí que lo sé… pero es que me da igual.
Las actrices hacen lo que pueden con el oficio que tienen. En el reparto aparece también una de las estrellas de Euphoria, al menos de sus dos primeras temporadas, Hunter Schafer, pero en un papelón que podría haber hecho cualquiera, y sin trascendencia alguna. Quizá contratada para atraer a determinado público.
La película, no demasiado mal acogida por la crítica, aunque con unas críticas que tampoco son para tirar cohetes, ha sido regularmente acogida por el público, aunque la gráfica en IMDb, muestra que hay grupos de haters que impulsan el bajón de puntuación, pero también algún grupo, inferior, en el sentido contrario, que son outliers en el lado positivo. Así que, parece que esta vez coincido con la masa en la falta de interés de la propuesta, más allá de sus estética, que tampoco ha acabado de convencerme. Vacía.
Fotos realizadas con película Opticolour 200 con Pentax LX. El comentario técnico de las fotografías lo podéis encontrar en Carlos en Plata. Entrada disponible también en Substack.
Comentaba recientemente que durante este verano estoy recorriendo la línea ferroviaria entre Zaragoza y Castejón, en Navarra, con el primer tren de la mañana que sale a las 5:55 de la estación de Miraflores, inicio del recorrido. Y Alagón fue la primera parada. Que ya investigué fotográficamente el año pasado.
La siguiente estación a explorar fue la de Gallur. En un día muy caluroso; aunque al ir al amanecer no se notó tanto. Como tantos de este verano. Y además de estrenar un nuevo objetivo para cámara digital, hice también un rollo con película negativa en color. Y con resultados muy diversos. Os dejo algunos ejemplos de las fotos realizadas. Paisaje ferroviario y rural, en las primeras horas de la mañana.